las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración

—Porque revisó tu bolso en la despedida de soltera —dijo Diego con rabia contenida—. Encontró la prueba.

Me quedé inmóvil.

Recordé aquella noche.

Recordé haber dejado mi bolso en la habitación del hotel mientras bailábamos.

Recordé a Mariana entrando “por labial”.

Sentí náuseas.

—También me escribió esto hace tres días —continuó Diego.

Me mostró el último mensaje.

**“Todavía estás a tiempo de salir de esto. Un hijo con ella solo va a atraparte para siempre.”**

Las lágrimas finalmente me quemaron los ojos.

No por miedo.

Por el tamaño de la traición.

Mariana no quería solo destruir mi boda.

Quería destruir mi futuro.

En ese momento la puerta del salón principal se abrió y Claudia apareció.

—Es hora.

Respiré hondo.

Diego extendió la mano.

—¿Todavía quieres hacer esto?

Lo miré.

Vi miedo.

Culpa.

Amor.

Y verdad.

Por primera vez en todo el día, sentí claridad.

—Sí —respondí—. Pero las cosas van a cambiar.

La ceremonia comenzó diez minutos después.

La hacienda estaba llena de flores blancas y velas. Un cuarteto tocaba suavemente mientras los invitados se ponían de pie.

Pero no hubo damas de honor.

No hubo entrada perfecta de revista.

Entré del brazo de Rodrigo y Lucía.

Y cuando pasé junto a la segunda fila, vi a Mariana.

Sonreía hacia afuera.

Pero sus ojos estaban llenos de pánico.

El sacerdote comenzó a hablar sobre amor, confianza y verdad.

Y entonces levanté la mano.

—Antes de continuar… necesito decir algo.

El salón entero quedó en silencio.

Diego me miró, nervioso, pero no intentó detenerme.

Tomé el micrófono.

—Anoche descubrí que algunas de las personas en quienes más confiaba intentaron sabotear esta boda.

Escuché jadeos.

 

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